En Argelia hay una primavera árabe que parece funcionar bastante bien

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De Souad Sbai


La convicción ha sido hasta el momento el arma más importante del pueblo argelino. La convicción por sus propias razones y, sobre todo, la convicción de poder conseguir que se cumplan en contra de la falta de voluntad del antiguo régimen de hacerse a un lado. En el arco de 15 viernes de protesta, desde mediados de febrero hasta la actualidad, los argelinos han logrado obtener la dimisión de Bouteflika y el aplazamiento de las elecciones presidenciales programadas para el 4 de julio. Y seguramente no se detendrán hasta que hayan alcanzado todos los objetivos establecidos.

El general y máximo representante de las fuerzas armadas, Ahmed Salah, el hombre fuerte del establishment, tal vez pensaba que para contentar a los manifestantes bastaba con convencer a Bouteflika para que retirase su candidatura a un quinto mandato y abandonara definitivamente la escena. Posteriormente la legalidad constitucional sería la encargada de hacer el resto, permitiéndole llevar a cabo la transición en función de sus propios intereses, coronando a un nuevo presidente leal a él tras las nuevas elecciones.


De este modo, se llegó al nombramiento del presidente del Senado, Abdelkader Bensalah, como jefe del Estado interino por un período de 90 días, dentro del cual se debería haber elegido un nuevo presidente, de acuerdo con los procedimientos previstos por la ley.

Salah, sin embargo, ha subestimado la determinación de los argelinos, quienes en absoluto están dispuestos a llegar a acuerdos o  a aceptar compromisos que les perjudiquen. Bensalah es de hecho un destacado representante del antiguo régimen, junto con el Primer Ministro Noureddine Bedoui, nombrado por Bouteflika, y el presidente del consejo constitucional, Tayeb Belaiz. Por lo tanto, los tres deben dimitir; no es posible establecer ningún diálogo o negociación con ellos: esta es la posición firme de la protesta.

Un nuevo gobierno, formado por figuras elegidas por el pueblo y no relacionadas con Bouteflika, encargado de completar la fase de transición, incluido el nombramiento de una comisión independiente para supervisar las elecciones presidenciales. Las elecciones del 4 de julio establecidas por Bensalah, si bien son el resultado de una decisión legalmente formal, no pueden considerarse legítimas ya que las operaciones estarían gestionadas por una clase dirigente en la que, después de décadas de corrupción y crímenes, los argelinos ya no confían.

En un nuevo intento por suavizar las manifestaciones, el general Salah abiertamente se declara a favor de la detención y de la denuncia de ciertos empresarios unidos a Bouteflika, esos que desde su punto de vista pueden ser sacrificados en el altar de la justicia, mientras Bensalah, Bedoui y Belauz permanecen en su puesto.

Pero los argelinos no han caído en la trampa y decenas de miles de personas siguen recorriendo las calles y plazas de la capital, Argel, para pedir la eliminación de cualquier vestigio del antiguo régimen de las instituciones y de la vida política del país.

Las manifestaciones siempre tienen lugar de manera pacífica y ordenada. Solamente un viernes se temió que pudiera degenerar en violencia, pero no se puede descartar que fuera la policía quien buscó el enfrentamiento. Para evitar que se produjeran incidentes, el viernes siguiente, los propios manifestantes desplegaron sus chalecos naranjas para separarse de las fuerzas de seguridad.

La insistencia de los argelinos ha sido recompensada con el aplazamiento de las elecciones previstas para el 4 de julio, para las cuales no se hubo ningún candidato, aparte de dos figuras de poca relevancia. Ante la oposición de la protesta, el antiguo régimen no se atrevió a presentar candidatos. Una verdadera prueba de fuerza por parte de los argelinos, que será crucial para el futuro de su revolución verdaderamente democrática.

 

 

Libero


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