Thinking about Marrakech

Pensando en Marrakech

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De Vincenzo Cotroneo

Una vez que la firma ha pasado, ahora estamos esperando las consecuencias, o más bien, los efectos del compromiso firmado por los 164 países en Marrakech, expresando así un valor positivo en la propuesta de un pacto mundial presentado a la asamblea.

El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, definió el Pacto Mundial como una “hoja de ruta para evitar el sufrimiento y el caos”, reafirmando que el acuerdo no viola la soberanía de los estados y no crea nuevos derechos para migrar, pero reafirma el respeto por los derechos humanos. En breve recordaremos este pasaje.

En realidad, la pregunta es simple. ¿Por qué de los más de 190 países que firmaron el pacto en 2016, solo 164 han firmado el acuerdo en Marruecos? Vale la pena recordar a todos que esta disposición de la ONU no tiene ningún valor hasta que cada país suscriptor la incorpore a su legislación con su propio procedimiento regulatorio, por lo que sigue siendo una propuesta sobre el modelo de “mejores prácticas” y nada más.

Pregunta: ¿En qué beneficia el Global Compact? Como si el proceso definitivo hubiera sido promovido para definir de una vez por todas la solución a cada problema de migración descontrolada en cada parte del mundo. No es presunción partidista, sino que la restricción no se argumenta dentro del documento, en el Artículo 7 (Este Global Compact presenta un marco de cooperación no legalmente vinculante que se basa en los compromisos acordados por la Declaración de los Estados Unidos para Refugiados y migrantes) y, como explica nuestro ministro Moavero, el acuerdo no es vinculante “, porque a nivel internacional, un acuerdo vinculante “binding”, no “compact”.

Entonces, ¿por qué todo este ruido en Marruecos por la falta de adhesión de unos cincuenta países, incluyendo Italia?

La “persuasión moral” y un secretario “desequilibrado”

Uno de los principales aspectos que han planteado cuestiones bastante importantes, deriva precisamente de esta falta de restricción legal. No se puede cuestionar su contenido para que sea válido ante cualquier tipo de tribunal legal, ni siquiera se menciona en las convenciones. ¿Entonces? El factor preocupante es el ético-moral. El Global Compact es un elemento de referencia normativo, vestido como un inofensivo “manual guía para usuarios no experimentados en la migración”, del cual se extraen las pautas para componer los procesos lógicos que terminan con el nacimiento de la norma.

Obviamente, todo esto se basa en la actual condición emocional occidental, conectada a un concepto distorsionado del “políticamente correcto” que vincula la experiencia del migrante con la ola de temor occidental de ser considerado racista.

Un círculo vicioso dentro del cual no se analizan las bases conceptuales de partida, es decir, las razones y las elecciones locales que requieren que una persona se mueva de su propio territorio y migre a otro.

Frente a los 160 delegados (de los 193 Estados que pertenecen a la ONU), el secretario general, Antonio Guterres, invitó a todos a no rendirse “ni ante el miedo ni ante la falsa narración sobre la inmigración”.

De hecho, es el Secretario General Guterres quien plantea algunas dudas sobre su papel como coordinador del trabajo y un miembro equidistante de todas las posiciones como garante de todos los países y posiciones.

En el informe “Haciendo que la migración funcione para todos” “bendecido” por el Secretario, y que es prodrómico a la redacción del Global Compact, la migración se analiza desde el punto de vista fenomenal masivo, atribuyendole las características de la edad y la continuidad, que pueden inscribirse como algo no ocasional o vinculado a situaciones particulares de crisis, como un derecho que implica la reducción de las disparidades económicas que anticipan las tendencias demográficas y las necesidades laborales.

Cómo decir: “Vaciamos partes del mundo y las dejamos morir y, al mismo tiempo, llenamos otras áreas productivas hasta que carecen por completo de recursos para sobrevivir, invirtiendo el movimiento de las masas” … Una locura.

La migración no es un derecho y esto deberíamos saberlo todos un poco. Especialmente en una situación como la representada por el Global, que incluye un compromiso “para garantizar que los migrantes no sean procesados ​​penalmente por ser objeto de trata o por otras violaciones de la ley nacional”, que de hecho crearía una peligrosa división pública con los residentes y un racismo por el contrario hacia los ciudadanos que, con extrema paciencia y ahora con un alto nivel de dificultades sociales, podrían encontrarse en la condición de sufrir otra bofetada a sus derechos elementales.

Por otro lado, el riesgo de crear falsas promesas y expectativas engañosas en aquellos que salen de un área deprimida del mundo hacia un escenario occidental imaginario capaz de supervisar cada solicitud y deseo, es realmente alto.

No existe un derecho a migrar.

El derecho a moverse no es igual al derecho a migrar. Moverse en un territorio común, aportando mayor competitividad territorial y una ventaja marginal para cada unidad de persona en movimiento, es útil para el deseo colectivo de desarrollo y una mayor contribución al crecimiento social, cultural, tecnológico y moral. Este derecho está siempre vinculado a la capacidad técnica y operativa que el individuo trae consigo y que desarrollará aún más en su destino.

El concepto del derecho a migrar es diferente, borrando la distinción entre migrantes y refugiados, y aún peor entre migrantes regulares e irregulares.

Joao Vale de Almeida, director de la delegación de la UE en la ONU, había pedido que el documento indicara más claramente la distinción entre migrantes regulares e irregulares, evitando cualquier lenguaje que pudiera interpretarse como una justificación o incentivo para la inmigración irregular. Y no podría ser de otra manera, ya que una de las organizaciones internacionales, como la OIM (Organización Internacional para Migrantes), es una promotora del documento, que cesaría en un momento las actividades actualmente en curso (y bien pagadas) entre Europa y Libia, los barcos SAR (ahora reducidos a muy pocas unidades), los campamentos de gestión de migrantes, las unidades militares y la OIM como personal docente para la sensibilización de los militares, antes de que partan hacia los teatros mediterráneos.

Facilitar flujos …

Por lo tanto, el objetivo declarado es facilitar el flujo migratorio para garantizar la paz y la seguridad. Obviamente. Con la inevitable variable hija de ese maldito “políticamente correcto” o de que cualquier crítica al “Global Compact” se convierta en racismo y xenofobia. Y para facilitar las cosas, el Artículo 11 establece que ante una crisis migratoria, los gobiernos y los Estados nacionales deben transferir su soberanía nacional y gestión de fronteras a organizaciones supranacionales como la ONU, con todas las consecuencias…

¿Por qué naciones como Estados Unidos, Australia, Suiza, Israel, Austria y Hungría no han firmado el acuerdo?. La despedida de Trump rompió una puerta: en avalancha abandonaron la mesa Australia, Austria, República Checa, República Dominicana, Hungría, Letonia, Polonia, Eslovaquia. Un caso político ha estallado en Bélgica. En el limbo también están Bulgaria, Estonia, Israel, Eslovenia, Suiza y por supuesto Italia.

Conclusión

Sin caer en el empuje y bien bombeado nacionalismo fuera de esta convención, el punto de caída sigue siendo el papel que Italia quiere asumir en los próximos años. El centro del tablero de ajedrez del Mediterráneo es probable que sucumba permanentemente bajo los combates financieros de un trilateral no demasiado amistoso, y un África que empuja todos los días entre una falacia en busca de riqueza y la presencia de demasiados riesgos y peligros, representantes de países que se tambalean todos los días en las garras de golpes de Estado más o menos declarados, divisiones territoriales, terrorismo y extremismo religioso que hieren no solo a los países, sino también a los corazones de quienes viven en esos países y que desde allí están en tránsito a nuestras ciudades.

Para finalizar, las palabras del secretario Guterres: “No debemos sucumbir al miedo ni a las narraciones falsas”, especialmente cuando estas provienen de las salas de los Palacios, donde la política internacional y las organizaciones internacionales están muy bien protegidas, y muy lejos de los hombres y de la realidad cotidiana. Esperamos que el Parlamento italiano actúe seriamente cuando se trate de discutirlo en Montecitorio.

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