La prima apostata in Italia

Asia, Rachida, y los derechos humanos negados

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Asia Bibi

De Vincenzo Cotroneo

La historia de Asia Bibi en Pakistán ha tenido un eco mediático excepcional que probablemente ha tenido un peso relevante en la evaluación general del Tribunal Penal ya que decidió absolver a Asia de la acusación de blasfemia, un delito que en Pakistán se castiga con la muerte.

A decir verdad, se necesita muy poco para ser acusado de blasfemia. Un razonamiento que cuestiona la indiscutible verdad ofrecida por los suras coránicos puede llevar a una acusación de la cual es difícil liberarse y salir inocente. Especialmente difícil porque el peso de demostrar que no se ha cometido un crimen recae completamente sobre los hombros del acusado.

El ex ministro de las minorías de Pakistán, Shahbazz Bhatti (un católico asesinado en 2011 a manos de los extremistas islámicos) tuvo que declarar sobre la acusación de blasfemia lanzada contra Asia Bibi. La ley de blasfemia se utiliza a menudo como una herramienta para resolver asuntos personales; El 85% de los casos son falsos. Muchos inocentes han sido víctimas de acusaciones de blasfemia. Los tribunales emiten veredictos pero posteriormente los crímenes no son probados por los tribunales superiores.

Bhatti fue asesinado por un grupo de extremistas fanáticos que emitieron una declaración de advertencia en la que afirmaban que se trataba de un mensaje para todos aquellos que estaban en contra de la ley de la blasfemia.

Blasfemia y apostasía: las dos caras del mismo problema, que bloquea cada posible sentimiento crítico hacia el dictado coránico, cada posible interacción de diálogo entre culturas religiosas, incluso por mera curiosidad y cultura personal. No está permitido; obviamente no por una cuestión de protección de la fe sino debido a una visión más política y oportunista del control social que adora esconderse tras el pretexto religioso, castigando de la forma más extrema, es decir, con la pena de muerte a quien tiene la osadía de hacer trabajar al cerebro un poco de más de lo necesario, activando los centros de razonamiento y difundiendo un nuevo mensaje o un nuevo punto de vista.

Así fue para Asia Bibi: un momento de razonamiento acabó siendo una acusación de blasfemia por parte del imán Qari Mohammad Salam.

Tras una batalla legal apoyada internacionalmente por varias organizaciones que luchan por la defensa de los derechos humanos, incluida Italia, Asia ha conseguido que la fiscalía emita su sentencia de absolución. Todos deberíamos recordar la encomiable batalla llevada a cabo por Souad Sbai, la mujer que en aquel momento formaba parte del hemiciclo parlamentario italiano y que envió una carta al presidente Zarbari diciendo, entre otras cosas: “… Hoy, Asia Bibi es el símbolo de la necesidad de volver a abrir los ojos ante las coacciones del radicalismo que distorsiona el mensaje de un Dios que en realidad es piadoso y misericordioso. El sentido de la justicia debe prevalecer, alto y claro, en cualquier lugar. Le pido hacer un gesto de coraje y afirmar que el conocimiento puede desmoronar, si quiere, cualquier tipo de odio.

En diciembre de 2012, Asia llevaba ya tres años en prisión y allí pasó otras cinco anualidades; hasta hoy ya que la movilización generalizada ha provocado que los jueces hayan adoptado un razonamiento lógico y hayan considerado que no hay ninguna prueba contra Asia, dejándola en libertad.

Asia es libre pero está amenazada. Su abogado está expatriado en Holanda. Hay quien cree que Asia también está en Holanda teniendo en cuenta el caos y las peticiones de condenar a muerte a Asia realizadas por los extremistas y fanáticos que tomaron las calles unas horas después de la sentencia pidiendo que se retirara el pasaporte a Asia y que se revise la sentencia, deseando poder ahorcar a la mujer.

La ola de indignación que apoya a Asia Bibi se mueve entre las normas de derechos humanos, invocados, recordados y debatidos no solo por los gobernantes, sino por toda la población que se ha movilizado por este caso, mostrando su pleno apoyo al derecho a la vida y al derecho de expresión de una mujer que, en el otro lado del mundo, estaba a punto de ser condenada a muerte injustamente y sin ninguna prueba.

Paradójicamente, un movimiento y la petición de hacer respetar las normas internacionales. Un conjunto de voces y coros pro-vida, que en nuestra Italia siempre ha faltado en las salas donde se llevan a cabo procesos penales contra las muertes de las mujeres musulmanas asesinadas en nuestro país por haber cometido los mismos “delitos” que Asia, es decir, blasfemia, apostasía, manchar con la vergüenza el honor de la familia. Una mancha que quieren lavar con sangre, en el silencio de las comunidades locales demasiado radicales, entre la indiferencia de la mayoría y el temor de las instituciones – locales y nacionales – a defender su competencia y fortaleza a la hora de proteger una minoría en otra minoría, como mujer musulmana dentro de una comunidad musulmana en Italia. Esto significa que para estas mujeres no existen ningún derecho, ningún tipo de libertad de expresión, ninguna posibilidad de externalizar sus propias creencias y pensamientos.

El 19 de noviembre de 2011, hace siete años, en Brescello (Italia), Rachida, una mujer marroquí fue masacrada a martillazos en la cara por su esposo durante una disputa que se cree que fue debida a asuntos de pareja. El cuerpo de esta mujer, la madre de dos niñas en edad escolar, permaneció en el depósito de cadáveres cincuenta días, hasta que una llamada de la policía local activó a la única mujer capaz de mover cosas: Souad Sbai.

Souad Sbai será la encargada de devolver la dignidad a este cuerpo masacrado y de coordinar el retiro del cadáver y su posterior entrega a los padres de Rachida que viajaron desde Marruecos para dar el último adiós a su hija. Souad descubrió la verdadera historia de Rachida investigando en el país y descubriendo que esta mujer marroquí ya había sufrido la violencia de su marido en otras ocasiones y que fue aislada y alejada de la comunidad islámica local cuando alguien descubrió su camino de conversión al cristianismo. Rachida era una apóstata. Rachida era una vergüenza. Rachida merecía la muerte. La comunidad apoya a su esposo hasta el punto de pagar sus gastos legales. Además, la batalla legal se llevó a cabo en un tribunal sin la presencia de feministas, sin asociaciones gritando, sin cadenas a la estadounidenses… ¡nada!.

Souad Sbai y las personas que se unieron a la lucha de Souad fueron los únicos que apoyaron y ayudaron a dos padres prácticamente olvidados y a las dos niñas que, afortunadamente, fueron acogidas por una familia con la que vivirán en armonía y con serenidad. Por suerte no se cumplió el deseo de quienes pretendían que las niñas fueran internadas en algún centro islámico argumentando que las niñas pertenecen al Islam … (¡Ah, claro! las personas son propiedad de otros…).

Debemos recordar a cada una de estas mujeres porque por cada Bibi de Asia que salvamos, hay diez, cien Rachida que piden piedad y recuerdo. Un recuerdo que hoy tiene la obligación de traducirse en serias medidas regulatorias, en fuertes puniciones, en acciones grupales y en la respuesta contra la violencia que da igual cómo se manifieste porque siempre es y solamente es un signo de cobardía e infamia.

Si existe un Dios , piadoso y misericordioso, es imposible que sea tan ruin como para pedir a sus hijos que hagan un sacrificio tan grande.

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